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De la utilidad de la filosofía para la vida

Al preguntarse por el papel que la filosofía puede desempeñar hoy en la sociedad, lo primero que hay que advertir es que no hay una definición de filosofía. Hay varias. No hay univocidad de su significado y a través de la historia se han dado múltiples definiciones, máxime, cuando la disciplina también se ha especializado.

Damián Pachón Soto y Freddy Santamaría Velasco
19 de noviembre de 2020 - 06:17 p. m.
La filosofía no surgió como un saber desinteresado, o como un mero saber por el saber, sino que, desde los comienzos, hasta hoy, ha estado vinculada con la necesidad de vivir, en un sentido amplio; con la necesidad de saber qué son las cosas, qué soy yo, cuál es el sentido de mi existencia.
La filosofía no surgió como un saber desinteresado, o como un mero saber por el saber, sino que, desde los comienzos, hasta hoy, ha estado vinculada con la necesidad de vivir, en un sentido amplio; con la necesidad de saber qué son las cosas, qué soy yo, cuál es el sentido de mi existencia.
Foto: Archivo Particular

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Entre ellas voy a referir varias: la filosofía como asombro o deseo natural por el saber, como en Platón o Aristóteles; la filosofía como una forma de vida que, ante todo, está vinculada con una praxis antes que con un discurso teórico, como mostró Pierre Hadot; la filosofía como vocación de claridad y mezcla de asombro y de cierta violencia ante las cosas, pues el preguntar que inquiere por el fundamento, por el primer principio (arjé), es reductivo, violento, y desdeña la multiplicidad del mundo, tal como postuló María Zambrano; la filosofía como crítica de las posibilidades del conocimiento mismo (Kant), la filosofía como un ejercicio de transvaloración de los valores hegemónicos de la civilización occidental-cristiana, como en Nietzsche; la filosofía como sospecha, crítica, desmonte y transformación de las estructuras hegemónicas del capitalismo, como en Marx; o la eliminación de los seudoproblemas filosóficos, surgidos por el mal uso de nuestro lenguaje, como advertía Wittgenstein.

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También encontramos las distintas definiciones surgidas en cada una de las corrientes filosóficas modernas, producto, como se dijo, de la correlativa especialización de la disciplina, entre ellas, la filosofía concebida como análisis lógico del lenguaje, aniquilación de los problemas metafísicos o búsqueda de lenguajes lógicamente perfectos (analítica y positivismo lógico); o como descripción de los fenómenos, de lo que aparece, y esclarecimiento de la experiencia (fenomenología); o como superación de la dominación y la alienación producida por el sistema capitalista entendido este como una totalidad contradictoria (Escuela de Frankfurt), entre otras.

Así las cosas, la definición que no le otorga una determinada utilidad a la filosofía, es solo otra perspectiva, pues frente al diluvio de conocimientos positivos y útiles, el valor de la filosofía no se ha resuelto nunca por la acumulación de argumentos a favor o en contra de una solución frente a algún problema, o por producir resultados patentes, usables; tampoco al simple enciclopedismo o la actual infoxicación por exceso de información y no de comprensión. La postura que sostiene que la filosofía no tiene ninguna utilidad es una respuesta ladina, que buscando escapar al utilitarismo promovido por el mundo capitalista, tan enemigo de las humanidades, pretende sustraer el saber y la investigación filosóficos a los parámetros del quantum, el rédito o la cosificación de la sociedad administrada y pomposamente trivial. Y, sin embargo, no creemos que sea una respuesta aceptable. Es, más bien, una respuesta romántica y hasta diplomática. Si miramos la antropogénesis (la historia filogenética del hombre) y el proceso del ser humano como una constante creación y producción (antropoiesis), vemos que desde sus inicios se preguntó por el origen del cosmos como totalidad, su puesto dentro de esa totalidad, el lugar de las demás cosas (entes) dentro de ella, y la pregunta fundamental por su interioridad, su intimidad (subjetividad, alma, mente), etc. Estas preguntas, que son consideradas núcleos universales (Enrique Dussel) han tenido distintas respuestas en diversas culturas, desde los mitos, hasta las reflexiones más sistemáticas y elaboradas. Los mitos y la filosofía son solo formas de tratar con la realidad, de abrir un espacio vital en el mundo que lo haga vivible, habitable. Si la realidad se le presenta al hombre inicialmente como resistencia, según decía Max Scheler, ese “espacio vital” le permite morarlo con cierta seguridad.

Desde este punto de vista, la filosofía no surgió como un saber desinteresado, o como un mero saber por el saber, sino que, desde los comienzos, hasta hoy, ha estado vinculada con la necesidad de vivir, en un sentido amplio; con la necesidad de saber qué son las cosas, qué soy yo, cuál es el sentido de mi existencia. Por eso decía Ortega y Gasset: “no vivimos para pensar, sino al revés: pensamos para lograr pervivir”. Es así porque esas preguntas y las distintas respuestas que se ofrezcan, son necesarias para la vida. La filosofía no fue fruto de un saber desinteresado, como se ha dicho, sino un producto del principio de auto-conservación, como pensaba Nietzsche. Esta perspectiva es pragmática, y no utilitarista en el sentido de la racionalidad instrumental actual, pues no es el valor o la acumulación el horizonte del filosofar, sino, ante todo, es un saber para poder vivir, para poder morir tranquilamente, para entender mejor las contradicciones y los dilemas de la existencia cotidiana, al igual que los problemas del mundo social y político.

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Hechas las anteriores digresiones, podemos preguntarnos: ¿qué papel juega la filosofía?, ¿para qué nos sirve? ¿qué tarea tiene el filósofo hoy? Creo que la respuesta resulta más sencilla. La filosofía es ciertamente, un discurso sistemático, crítico y propositivo, lo que quiere decir que es una reflexión radical sobre un determinado objeto de conocimiento (la vida, la muerte, la libertad, la angustia, la ética, etc.,), donde se desvelan, se desmontan, se deconstruyen las concepciones ordinarias y del sentido común, generando a su vez otras posibilidades de comprender, de entender y, por qué no, de actuar, de habérselas con ellas, como diría Ortega. Desde este punto de vista es una práctica teórica que cuestiona la dadidad, lo naturalizado, lo establecido, y que muestra, visibiliza, lo ocultado, lo enmascarado, por ciertas relaciones de poder, por la tradición o por la autoridad.

Esta operación sobre las cuestiones permite vislumbrar otras maneras de relacionarse con las cosas, con los objetos, es decir, los transforma y otea prácticas posibles. Por eso, la filosofía en su historia también ha estado comprometida con la utopía, con la posibilidad de construir opciones, alternativas, mundos posibles, maneras más libres de existencia, tal como en Nietzsche o en Marx…ha sido una filosofía de la liberación, subversiva. No sólo piensa, pues, las herramientas con las que conocemos el mundo (epistemología), lo que podemos hacer en él (ética), también lo que podemos hacer con los otros. La filosofía es sin lugar a dudas, como pretendió Wittgenstein, vocación de claridad, pero a la vez debe ser transformación personal. Por lo mismo, actitud crítica sobre uno mismo y actitud filosófica aparecen sino idénticas, al menos paralelas y necesarias para la pregunta sobre el papel de la filosofía, o para los pensadores filósofos en el mundo de hoy, lo que Foucault ha denominado ethos, es decir, la ontología crítica sobre nosotros mismos. Vale la pena recordar la actual corriente filosófica llamada “philosophical life”, que pretende una recuperación de la tarea del filósofo, acudiendo, por ejemplo, a una sentencia epicúrea que reza que “enseña a hacer, no a decir” y que “vano es el discurso del filósofo que no cura las enfermedades del alma”. La tarea filosófica, entonces, más que la especulación ha de estar al servicio de la vida filosófica, por lo mismo la filosofía sería también una actividad eminentemente terapéutica, tal como en Séneca, Cicerón, Marco Aurelio, Wittgenstein, Hadot o María Zambrano.

Entonces, de nuevo, ¿es útil la filosofía para pensar nuestros tiempos? Russell, en Los problemas de la filosofía, advierte que “el valor de la filosofía debe hallarse exclusivamente entre los bienes del espíritu, y solo los que no son indiferentes a estos bienes pueden llegar a la persuasión de que estudiar filosofía no es perder el tiempo”. Es inevitable pensar en que la utilidad, si se puede hablar de utilidad de la filosofía, sea sólo “conocimiento” en el sentido especulativo de los términos. Sin embargo, esta aparente inutilidad de la filosofía es la puesta en marcha de la reflexión que mejora la condición humana, que orienta todo proyecto o perspectiva vital. Sin las preguntas de la filosofía, sin la reflexión, sin (re)cavar sobre uno mismo, nuestra vida se reduce al mero “dejarnos vivir”. Y es por eso que habría que repetir con Horkheimer aquel llamado de atención de estos tiempos: “la esperanza de que el horror terrenal no posea la última palabra es seguramente un deseo no científico”, seguramente es, entonces, un deseo genuinamente filosófico.

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Si la filosofía tiene un papel hoy, además de transformar radicalmente la vida del sujeto, de quien la acoge, la asume, es su labor impúdica de desnudar los discursos dogmáticos, carentes de fundamentación y plagados de relativismo; de visibilizar los argumentos y las falacias soterradas en los discursos del poder, para así perturbar la comprensión que tenemos del mundo. La filosofía debe producir interferencias de sentido y cortocircuitos en la manera como pensamos el mundo, debe generar disrupciones que nos lleven a revaluar cómo vivimos, habitamos y cohabitamos. Esta es, desde nuestra perspectiva, su modesto papel, rol en el cual el filósofo es un actor más que disputa la instauración de sentido en el espacio social, sin que todo esto implique descuidar el trabajo en los distintos campos especializados (lógica, filosofía de la mente, historia de la filosofía). La filosofía, para ser auténtica, debe permitirnos hacer mundos significativos, no ajenos de nuestras prácticas y compromisos, pues sólo de esta manera se concilia el pensamiento y la vida, la experiencia y el pensar. Ya decía María Zambrano: “solo el saber asumido, que puede dar cuenta de su origen…es legítimo”.

Por Damián Pachón Soto

Por Freddy Santamaría Velasco

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