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El gran Hernando Giraldo

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Alberto Donadio
28 de septiembre de 2013 - 11:00 p. m.
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HA MUERTO HERNANDO GIraldo, después de Klim el más ameno de los columnistas de El Espectador en el último medio siglo.

“Me llamo Hernando Giraldo, Álvarez, Peláez, Jaramillo, Salazar, Robledo, Peláez, Mejía”. Así se presentó alguna vez. Se codeaba con todo el mundo, presidentes y empresarios y artistas, pero fue siempre agudo, coloquial, independiente e irreverente.

En el último año sufrió de ELA, esclerosis lateral amiotrófica, esa enfermedad-prisión que paraliza todo el cuerpo menos el cerebro, la misma que padeció el editor de la revista francesa Elle, cuya historia fue contada en 2007 en la película La escafandra y la mariposa.

Para recordar a Hernando vale la pena citar su “Columna Libre” del 22 de diciembre de 1986 en este periódico, cinco días después del asesinato de don Guillermo Cano:

“Voy a narrar algo muy personal. Cuando El Espectador se dedicó a descubrir y a poner en claro las maniobras financieras de mi amigo Jaime Michelsen, éste, impulsado por la soberbia que lo caracteriza, se consagró por todos los medios a su alcance a buscar la ruina económica del periódico.

Y lo hubiera logrado de no haberse encontrado con la entereza y el recio carácter de estos montañeros Canos.

Cuando Michelsen salió del país, derrotado por sus excesivas ambiciones, pensé yo que muchos de los que se decían sus amigos y que habían recibido sus favores cuando Jaime era el supremo emperador de nuestro mundo económico, ya le habrían dado la espalda, y entonces me pareció decente escribir una crónica, no para defender su afán de enriquecimiento, que varias veces le taché personalmente, sino para mostrar al Jaime Michelsen como hombre de hogar, esposo ejemplar y padre amantísimo, como buen amigo, gentil caballero, que muchos colombianos debían desconocer.

Le envié la crónica a Guillermo, convencido de que no saldría publicada. Y con toda la razón, pues en ella enaltecía yo al peor enemigo de El Espectador. Grande fue la sorpresa cuando al domingo siguiente aparecía la crónica, sin quitarle una coma. Ese es el talante liberal que le infundió al periódico don Fidel, y al que han sido fieles sus nobles descendientes. Y ese liberalismo para decir la verdad sin contemplaciones fue el que llevó finalmente al gran Guillermo Cano al martirio que hoy condenamos con rabia la inmensa mayoría de los colombianos”.

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