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Han pasado 19 meses desde que nació mi hija. Para algunos, tiempo suficiente; para mí, todo sigue siendo nuevo, dura y maravillosamente nuevo.
Los comentarios ajenos se han vuelto protocolarios. Lo que impera es la idea categórica de que un hijo debe venir con otro tras él. Los motivos, repetidos y raramente cuestionados, son los siguientes: que no se quede sola, que es mejor para ella, que el hijo único es un mimado. Tener un hijo por el bien del otro, en definitiva: dos seres humanos convertidos en recurso mutuo, como una suerte de compañía programada.
El argumento definitivo que esgrimen es que, cuando sean mayores, jugarán entre ellos y entonces, te compensa. Lo que quieren decir revela algo más profundo: la incomodidad de no haberlo deseado incondicionalmente. Así, se vuelve necesario justificarlo, hacerlo útil; racionalizar la decisión en términos de cierto rendimiento pragmático, como si la paternidad fuera una inversión a largo plazo en términos de rentabilidad emocional. Pero un hijo no debe venir al mundo para amortiguar el peso existencial de nadie. Tenerlo para cumplir un propósito ajeno es condenarlo a ser menos que sí mismo. La segunda formulación de Kant resuena aquí: “Obra de modo que trates a la humanidad siempre como un fin en sí mismo y nunca como un medio”.
¿Cómo se puede amar sanamente a quien se trae al mundo de forma condicionada? No existe mejor ingrediente para la frustración en la crianza que ese ideal previo. Me pregunto, genuinamente, si radicará ahí el motivo de que tantas relaciones entre hermanos sean tan difíciles.
No propongo nada más revolucionario –ni más sencillo– que esto: recuperar el sano juicio que reconoce en el deseo la única fuente legítima para traer otro hijo al mundo.
Rosa Gutiérrez, Madrid, España
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