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Respuesta a una columna

Cartas de los lectores
31 de enero de 2025 - 05:05 a. m.
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Sobre la columna “Tres locomotoras en el Catatumbo”, de Tatiana Acevedo.

Ante todo, déjeme decirle que comparto con usted la preocupación angustiosa por la situación del Catatumbo, por el dolor de sus gentes y por las consecuencias de la tragedia humanitaria que allí se vive. Es una más de las regiones de nuestra amada Colombia que pagan con sangre y lágrimas el ser ricas y estratégicas, como el Urabá-Darién, Tumaco, el sur del Meta y Guaviare, Arauca, el sur de Bolívar, Paramillo-Sinú-San Jorge, etcétera.

En principio, bien hace en señalar que hay actividades económicas que dinamizan la violencia en los territorios, como la coca, aunque debo decir que no es la coca en sí misma, sino la guerra contra el narcotráfico impuesta con visión estratégica por las grandes potencias que mueven el negocio de las drogas, tema con el que, por el momento, no la canso.

Pero se equivoca en algo al señalar a la coca, en mucho al señalar a la minería y en todo al señalar a la palma como las locomotoras causantes del desastre. La verdadera locomotora de la situación en las regiones en conflicto es el Estado inerte, que ni siquiera parece una locomotora parada en patios, sino un burro muerto en un canalón, y que solo parece servir al privilegio de los ordeñadores de turno del poder que en ellos delegamos.

Pero, nuevamente, no la voy a cansar hablando sobre las fallas de nuestras instituciones. Le escribo para tratar de defender a los palmicultores del Catatumbo, pequeños y medianos productores agrarios víctimas de la violencia, de la marginalidad en la que nuestras élites eligen mantener los corredores estratégicos y de la miseria contra la que se esfuerzan en resistir con su trabajo, con amor por la tierra y con la conciencia ecológica de la palmicultura colombiana, que les faltó a las grandes empresas palmeras del sur de Asia.

Quiero empezar esta defensa diciendo que, en su mesa, como en las de todos los habitantes del planeta, desde la del empresario plutócrata hasta la del más pobre de los hombres, las grasas están presentes, de manera ostensible o discreta. Imagínese usted comiendo maíz solo, pan ácimo, fríjoles sin su cucharada de manteca o huevos pasados por agua... Las grasas aportan palatabilidad a cereales y verduras y son esenciales para la absorción de muchas vitaminas liposolubles. Así pues, el aceite comestible es una necesidad de la humanidad, tanto para quien pueda comprar el costoso aceite de oliva virgen extra certificado, como para quien compra el aceite vegetal de mezcla por cucharadas. “Un cuarto de libra de arroz de bulto, medio cubo de Maggi y dos cucharadas de aceite”, me pedía cada día una niña a quien su madre mandaba a la tienda en un apartado pueblito chocoano donde alguna vez yo ejercí como tendero.

La producción de palma aceitera es tan noble y necesaria como la del trigo para el buen pan o la del maíz para nuestra humilde y digna arepa.

Yo soy productor de palma. Palmicultor. Y no me levanto cada día a pensar cómo acabar con el planeta, ni cómo incinerar a los micos en sus bosques, y menos aún a ver cómo jalono la violencia en mi región. Mi preocupación diaria es ver cómo hago más productiva mi parcela de manera sostenible, pues, como gremio, todos somos uno a la hora de ver cómo llegamos a las cinco toneladas de aceite por hectárea al año. Y ya sabemos que solo lo podremos hacer manteniendo el equilibrio empresa-naturaleza-sociedad, los tres pilares de la sostenibilidad.

Cada día, cuando despertamos, estamos ideando nuevas formas de hacer de nuestros cultivos escenarios biodiversos, pues comprendimos que la biodiversidad de micro y macrobiota es nuestra mejor y más barata herramienta de control sanitario. También nos levantamos pensando en cómo incentivar el desarrollo humano de nuestros colaboradores y sus familias, pues sabemos que solo en la armonía social tiene sentido nuestro esfuerzo. Y, claro, nos levantamos pensando en cómo aumentar las ganancias de nuestras parcelas, no solo para el mejoramiento económico de nuestras familias, sino para el logro de las funciones sociales que nuestra Constitución impone al derecho de propiedad, y que distan del interés por dinamizar economías ilícitas.

Cagados pero contentos, como el personaje del conocido chiste, nos levantamos cada día a lidiar con costos y deudas, como todos. Pero si podemos estar allí un día más, bajo el mismo sol que madura los racimos y alimenta el verde de nuestras palmas, somos felices y nos sentimos orgullosos de lo que hacemos.

No somos una locomotora de la guerra. Somos palmicultores, sembradores de paz, de alimento y de futuro. Y los palmicultores del Catatumbo, en su gran mayoría pequeños productores, son parte de miles de familias que están siendo desplazadas por la violencia, por la avaricia y por los promotores de la inercia estatal.

Espero que mi reflexión sirva de punto de partida para mirar de otra manera una actividad necesaria y valiosa, ambiental y socialmente sostenible. La invito a comparar la cantidad de aceite comestible por hectárea al año de la palma frente a cualquiera de las otras alternativas, como soya, girasol, colza, algodón, oliva o coco, y a comparar la huella hídrica y de carbono. Verá por qué los productores de palma sacamos pecho con orgullo.

Tema para otro escrito serían los mitos con los que, por razones políticas, se criticaron los desarrollos palmeros. La palma no seca el agua, como han dicho, ni esteriliza el suelo. Por el contrario, lo regenera. En Colombia, en los últimos 25 años, el 95,5 % de la palma sembrada lo ha sido sin afectar bosques, despotrerizando y sustituyendo cultivos ilícitos, generando empleo de calidad y dando así al suelo un uso más sostenible en lo ambiental y en lo social.

Juan Rodrigo García Fernández, agricultor, filósofo, ambientalista, Meta.

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ANA(11609)31 de enero de 2025 - 10:19 p. m.
NO es paramicultor, como la mayoría. Eso está bien. Lo que no lo está, es que defienda un monocultivo que daña la tierra. ¿Realmente cree que a la gente le gusta comprar aceite de palma? SOLO de pensar que este aceite está relacionado con negocios turbios me "da cosa".
Mario(16018)31 de enero de 2025 - 06:42 p. m.
Felicitaciones a este pamicultor, que cada día hace patria.
Lismario(26872)31 de enero de 2025 - 02:25 p. m.
Habla de la palma como si fuera importante en la seguridad alimentaria , y lo unico que se obtiene es enfermar mas al pueblo Colombiano, que bueno sería que esas tierras se destinaran a producir alimentos de pan coger y mejorar la canasta familiar y volverla más saludable.
jose(45144)31 de enero de 2025 - 02:16 p. m.
Este sujeto pareciera que tienen alguna relación económica con la palma, pues desconoce muchos estudios sobre el tema en donde justifican con creces los impactos negativos de la palma y que son muy superiores a las posibles bondades en todo sentido, Fedepalma es el único que la vende como la panacea o aquellos que ganan unos pesos en el presente sin sopesar las consecuencias a futuro: tal vez sea de su interés: La Palma Aceitera en Colombia desde cinco trabajos académicos (2010 - 2020).
Gustavo(14727)31 de enero de 2025 - 02:01 p. m.
Tratar de mostrar una vision idilica , romantica e inocente de una activividad bastante cuestionada, no es realista. Es verdad que hay mucho ambientalista fanatico, pero negar que palmicultores en colombia se alieron con grupos armados ilegales, que desplazaron comunidades, que en muchos casos han afectado gravemente el nedio ambiente sin preocuparse por medidas de mitigacion. Es muy notable que el mapa de la palma sigue coincidiendo sospechosamente con las zonas de conflicto
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