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Protesta: mucho adjetivo, poca reflexión
Admirador de El Espectador, lector desde niño y suscriptor de este diario, ayer sentí un gran malestar con la última columna del señor Pablo Felipe Robledo. Una cosa es respetar la libertad de opinión, la tolerancia y el pluralismo, lo que enaltece a este diario. Pero otra cosa es aceptar cualquier cosa como opinión. No soy “petrista” ni nada parecido. Pero pienso que lo que se hace en la columna “Váyase pa’l carajo, Petro” es inaceptable y ofensivo para los lectores y la dignidad del presidente. Llena de adjetivos, puede leerse incluso como una forma de incentivar la manipulación de las noticias y la pérdida de objetividad de los medios. Cuando el columnista afirma: “Petro es un peligro para la libertad de prensa y ella debe saberlo”, ¿qué significa, a qué invita? ¿Qué incentiva?
En una ocasión anterior me dirigí a ustedes con una reflexión sobre los columnistas, su cantidad y sus formas de expresarse y de opinar. Con todo respeto, este diario se equivoca al confundir pluralismo, libertad y autonomía de quienes escriben en él con la tolerancia a personas que lo hacen de esta forma. “Adjetivos por doquier” debería llamarse esta columna. “Insultos al presidente y a los lectores” sería otra alternativa.
Tal vez El Espectador debería reflexionar sobre esta proliferación de columnistas en desmedro de la calidad de pensamiento, de la reflexión, de la seriedad. Contados con los dedos de las manos, sobran algunos cuando se hace la lista de quienes deberían seguir escribiendo columnas. La inflación es palpable. Ha perdido valor la palabra por el número excesivo e inadecuado de quienes la usan.
Javier Duque Daza. Cali.
Fernando Botero y una mala decisión
A raíz de la muerte del pintor Fernando Botero Angulo, se ha traído a colación la miopía del entonces alcalde de Medellín Juan Gómez Martínez, quien con su torpeza logró que la donación de la colección privada del maestro Botero que inicialmente era para Medellín fuera a parar al Banco de la República, que sin objeción alguna la acogió de inmediato. A Medellín llegó el premio seco de sus esculturas, pero otro sería el Museo de Antioquia si el alcalde Gómez Martínez hubiera acogido sin reticencias ni pataletas la generosa donación que ofreció primero el artista a su ciudad, Medellín. El Museo de Antioquia sería uno de los mejores museos de Latinoamérica y visita obligada de los amigos del arte. Las malas decisiones gubernamentales hay que desempolvarlas para que no se olviden.
Rodrigo Jaramillo Correa.
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