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La voz de los testigos valida ciertas novelas de corte policial de Roberto Bolaño. En Amuleto (1999) este procedimiento reluce de un modo explícito desde el comienzo: “Esta será una historia de terror. Será una historia policiaca, un relato de serie negra y de terror. Pero no lo parecerá. No lo parecerá porque soy yo la que lo cuenta. Soy yo la que habla y por eso no lo parecerá”. Con este anuncio ya está casi todo dicho. Es 1968. La policía se ha tomado la universidad y Auxilio Lacouture, la narradora, “la madre de la poesía mexicana”, una uruguaya que llega al DF a comienzos de la década del 60, se encuentra de golpe atrapada en los baños de la Facultad de Filosofía y Letras. En medio del asedio policial Lacouture se propone reconstruir el relato de su vida, un relato plagado de digresiones en el cual relumbran varios nombres reales y ficticios y algunos hechos históricos atroces. Este recurso digresivo permite que el secreto se mantenga oculto hasta las últimas páginas, como en otras novelas de Bolaño.
En Nocturno de Chile (2000) Sebastián Urrutia Lacroix, cura afrancesado y crítico literario, repasa durante una noche de fiebre alta varios episodios de su pasado. Entre los más llamativos vale la pena mencionar dos: la forzosa tutoría en marxismo que le dio al general Pinochet (un mal alumno, no sobra decir) y las fiestas en la casona de una dama donde se reunía la crème de la crème santiaguina: en el primer piso siempre había un aire festivo, pero en el sótano latía el eco cifrado de la muerte. De ahí que la novela se despliegue sobre un territorio minado de alusiones a la dictadura chilena de 1973.
Desde luego que no es la primera vez que el tema aparece en la obra de Bolaño. En Estrella distante (1996) —compuesta a cuatro manos por Arturo Belano, alter ego del autor, y el propio Roberto Bolaño en su casa de Blanes, y cuyo germen provenía a su vez del último capítulo de La literatura nazi en América (1996)—, un narrador en primera persona reconstruye la vida de un tal Carlos Wieder. Cuando el narrador lo conoce a principios de los años 70, Wieder se hace llamar Alberto Ruiz-Tagle. Es un aspirante a poeta y tiene un éxito relativo con las mujeres. Unos meses después del golpe de 1973 el narrador descubre que Ruiz-Tagle se llama ahora Carlos Wieder. Por esos días Wieder tiene un pasatiempo: atravesar el cielo de Santiago en un avión de la Segunda Guerra Mundial y escribir versículos de la Biblia o poesía. Esta faceta artística es de conocimiento público. Pero la otra es un privilegio de pocos: consiste en organizar exposiciones fotográficas en las casas de sus amigos e invitarlos a pasar por turnos a un cuarto donde hay fotos de desaparecidos torturados por la dictadura chilena.
Si en Estrella distante hay un cuestionamiento irónico hacia la llamada “escena de avanzada”, se puede decir también que hay un ataque a la “neovanguardia”: los happenings de Wieder fechan, de acuerdo con Idelber Avelar, el auge de la modernidad latinoamericana. Es decir: marcan un punto de quiebre sobre el cual los escritores vuelven una y otra vez, como si las dictaduras latinoamericanas fueran una pesadilla de la cual no han podido despertarse.
