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Colombia desnuda se ve mejor

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Columnista invitado EE
07 de junio de 2016 - 02:55 a. m.
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Comentario de un abogado litigante que participó en la histórica jornada en la que el artista norteamericano Spencer Tunick reunió a más de seis mil hombres y mujeres para fotografiarlos desnudos.

La Bogotá del 5 de junio de 2016 era distinta, y no porque no hiciera frío. Eran las 2:15 a.m., la hora de la histórica cita, en la plaza de Bolívar, con el fotógrafo de las multitudes desnudas Spencer Tunick, y el gélido viento que desde los cerros de oriente baja como un monstruo feroz envuelto en una inmensa e imaginaria bola de nieve, chocaba contra los cuerpos de más de seis mil hombres y mujeres que, apostados en el lugar, sentían que habían esperado este momento toda su vida. Y aunque todos estábamos yertos, también sentíamos que había un calor interior, algo distinto.

Qué extraño, la gente se presentaba sin aspavientos hacia la cola para ingresar a la plaza, nadie se coló ni empujó, la charla era fácil con desconocidos, sobre todo de las fotos que había tomado “Spencer”, sí, así como si fuera un amigo más; y claro sobre el ¡fríooo!

Desde que llegué traté de hallar a algún conocido, pues familiares y socios de oficina no aceptaron mi invitación. Por ello, fue un alivio encontrar a Roberto, un viejo amigo, padre y abuelo de más de 60 años- quien con su vitalidad y buen sentido del humor fueron quitándome el frío.

Ya en la plaza de Bolívar, todos fuimos buscando nuestro lugar y escogimos las escaleras de la catedral, pues el centro de la emblemática plazoleta estaba aislado por unas cintas. Las mismas personas nos fuimos acercando y transmitiéndonos calor.

Recordé, durante esas tres horas que transcurrieron entre la llegada y la empelotada, cuando de niño recorrí esas mismas escaleras y plaza de la mano de mis padres. Cómo, junto con ellos, me tomé la tradicional foto de la 7ª; donde ahora yo caminaría desnudo frente a aquellos lugares icónicos.

Y ¿qué tal que no vinieran todos los inscritos? ¡Qué va! a las 3:30 a-m. la plaza era una fiesta, sin escándalos, sin empujones, sin miradas ofensivas o disputas territoriales. ¡Sí!, una fiesta en la que la alegría estaba en el interior de todos los que hasta allí llegamos.

Había café y aguapanela sin restricciones para calmar la espera y, claro, el fríooo! pensé por un momento que las mujeres eran muy pocas en ese tumulto de hombres. Qué error, qué grato y hermoso error. El momento ha llegado y la orden de desnudarse no fue perentoria, fue más como un murmullo que llegó de no se sabe dónde. Primero fue una joven a mi lado con quien había cruzado algunas palabras sobre Milan Kundera y su obra. Después, o a la par, la señora ama de casa y madre de adolescentes, quien junto con su esposo arquitecto habían asistido para que sus hijos supieran de cuánto eran capaces. Luego eran cientos de mujeres, miles, que salieron debajo de pesados sacos, ruanas y sudaderas, las valientes, las que lideraron la batalla contra la mojigatería y temor.

La plaza se llenó de ángeles desnudos. Bogotanos, paisas, costeños, llaneros, vallunos y hasta extranjeros… Todos desnudos, que mostraron y me hicieron creer en una Colombia mejor, tolerante, alegre pero respetuosa. No vi un solo agresor físico ni visual. No vi una mujer, hombre, hetero u homosexual intimidado. Vi colombianos iguales, ¡SÍ! por fin iguales, sin distingo de clase social, color o sexo; hombres y mujeres, afros, indígenas y mestizos mezclados en el centro de la plaza chocando manos, posando según las indicaciones de “Spencer”.

Una abuela de cerca de 70 años surfeando en su tabla sostenida por ocho seres humanos sobre la mar de gente, me hicieron saber lo que ya presumía debía ser un acto histórico. Después, la apoteósis. Miles de mujeres desnudas, solo ellas, corriendo y gritando de alegría hacia el Capitolio y la Casa de Nariño. Nosotros, los hombres, perplejos. En trance, olvidando nuestro sexo con la certeza que ellas eran el origen, eran nuestras madres, hijas, hermanas y compañeras. Su empoderamiento era total. Después supe que posaron allí, en la meca del poder político y corrupto, que luego se trasladaron al Teatro Colón y allí también posaron para el fotógrafo. A nosotros, unos pocos, nos apartaron de ellas, nos llevaron al Centro Cultural Gabriel García Márquez y con la dirección del fotógrafo desde un alto edificio, se nos pidió copar toda la edificación, el sol ya hacia su aparición y la magia como en la canción de Serrat llegaba a su fin.

Al regresar a la plaza para vestirnos y constatar que nadie había robado nada de nuestras bolsas, que todos nos sonreíamos con los de al lado, presentí que es posible soñar con otra Colombia, que la paz es posible y que nuestro nobel debe andar por ahí pensando que nos merecemos un país mejor sin más años de soledad… 

Luis Eduardo Leiva Romero

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