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En el siglo XVI, Iván el Terrible –descendiente de mongoles, perseguido por los boyardos, recluido en el Kremlin y dominado desde su infancia por una personalidad iracunda y paranoide que empeoró con los años– fue príncipe de Moscú, zar de Rusia y reformó el ejército y el código legal; orquestó la conquista de Siberia y asesinó a su hijo mayor. Fue escritor, místico y lector; su legado militar y político perdura en las banderas de odio por las oligarquías y la consigna de entregarle al pueblo el manejo del Estado.
Cinco siglos después, Colombia tuvo su Iván (Duque, no en los genes como el ruso, sino en el apellido). Su falta de preparación para gobernar y su condición de instrumento del titiritero mayor, hicieron que su presidencia fuera de lo más deplorable que hemos padecido políticamente hablando, y su legado más concreto fue dejar tan mal parqueado a su partido, que la gente ejerció en las urnas su derecho al péndulo y eligió la antítesis del mediocre hombre impuesto por el uribismo.
Pero esta columna se trata de otro Iván, el que llamo “el nuestro”. El que defiende los derechos humanos y se ocupa de las víctimas; el que no se conforma con hablar de paz y prefiere trabajar 24 horas diarias para construirla. Iván Cepeda Castro, hermano de la dulce y valiente María; hijos –ambos– de Yira Castro, periodista, educadora, líder del partido comunista y perseguida por el Estatuto de Seguridad; y de Manuel Cepeda Vargas, senador por el Partido Comunista, asesinado en el marco del plan militar y paramilitar “Golpe de Gracia”. Iván, el nuestro, ha liderado un proceso judicial de David contra Goliat, de la verdad contra la falacia, del respeto de la justicia versus la burla a la misma. Sin perder la serenidad, sin cambiar su discurso según vaivenes jurídicos o burocráticos ni acudir a nada que se aparte de la ley, Iván el nuestro ha perseverado con la ayuda de un sólido grupo de abogados que se la ha jugado toda por él, por la verdad y porque lo suyo no es resignarse a la impunidad de los culpables.
Las dilaciones y zancadillas propiciadas por los abogados del expresidente acusado reflejan el desespero por lograr el vencimiento de términos y que el caso y la verdad queden enterrados, y el expresidente salga “silvando con las manos en los bolsillos”.
Pero Iván el nuestro es mucho más que el osado denunciante de Álvaro Uribe (denuncia que, recordemos, el senador no provocó, porque fue el expresidente quien acusó inicialmente a Cepeda utilizando sobornos y falsos testigos). La consigna de vida de Iván no es que Uribe vaya preso. Es que la verdad y la justicia no se hundan en un hueco de manipulaciones y maldades y Colombia pueda vivir en paz.
Iván es una de las pocas voces de la izquierda que mantiene el don de la autocrítica, y sin perder la lealtad hacia el gobierno actual, es capaz de señalar con decencia y sin titubeos, las cosas que no comparte. Sin duda, la izquierda estaría mejor parada si no hubiera perdido la sensatez y el valor de reconocer los propios errores, y no desgastara buena parte de sus energías, prestigio y neuronas, librando cien batallas simultáneas, muchas de ellas injustas y apolilladas. Iván el nuestro ha planteado no sé cuántas veces la necesidad de un consenso nacional en torno a la democracia y a la participación de sectores plurales. Él sabe que al pluralismo no se llega a punta de insultos y el consenso no se logra disparando descalificaciones en perdigón. Al gobierno le convendría oírlo más y armar menos broncas. Y concentrarse estos 16 meses, no en la pugnacidad, sino en la construcción colectiva de una sociedad libre de odios inservibles.
