Hay momentos en la historia de las naciones en los que conviene dar un viraje político brusco y ensayar otra cosa. Algunos piensan que para esto se requiere una revolución violenta. No me parece, de violencia ya estamos hasta el bozo; quizá sea suficiente un cambio de régimen, que podría ser revolucionario sin ser violento.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Hay momentos en la historia de las naciones en los que conviene dar un viraje político brusco y ensayar otra cosa. Algunos piensan que para esto se requiere una revolución violenta. No me parece, de violencia ya estamos hasta el bozo; quizá sea suficiente un cambio de régimen, que podría ser revolucionario sin ser violento.
Desde hace mucho tiempo el régimen presidencial colombiano (y todos los regímenes presidenciales latinoamericanos) está haciendo agua y mostrando su estancamiento e ineptitud como sistema de gobierno capaz de lograr un desarrollo sostenido, y aún más inepto para alcanzar cierto nivel de igualdad, paz y justicia social. Ha llegado el momento de probar un sistema más ágil, menos centralizado, con poderes y representantes regionales efectivos y con sustitución rápida de los gobernantes que, en opinión de la mayoría, lo estén haciendo mal.
Hay un mapa del mundo muy interesante que divide a los países por colores según tengan un régimen monárquico absolutista, presidencial, de partido único, parlamentario republicano o monárquico parlamentario (con un rey de adorno). Cuando uno estudia este mapa se da cuenta de que, en general, los países más atrasados o con más problemas de todo tipo son los que tienen sistemas monárquicos absolutistas, de partido único o presidenciales. Y, en cambio, la gran mayoría de los países que han llegado a resultados sociales y económicos más exitosos se rigen por sistemas parlamentarios.
Esta no es una observación ni una idea mía. Hace mucho tiempo hay politólogos, sociólogos y estudiosos que han notado esta constante y que se han atrevido a proponer (sin éxito) la abolición del sistema presidencial en Latinoamérica y el cambio hacia un sistema más dinámico, capaz de reformas y de políticas que se pueden ensayar en la realidad, medir su eficacia y mantener o cambiar según los resultados.
Nuestro caudillismo latinoamericano, heredero de virreyes, caciques y héroes de la independencia, es una especie de monarquía temporal (de cuatro, seis, ocho o más años) en la que nos toca tragarnos, queramos o no, a unos displicentes y lejanos personajes cada vez más ridículos, envueltos en una aún más ridícula banda tricolor, dizque sentados en “el solio de Bolívar”. Llevamos dos siglos probando este sistema unipersonal con resultados casi siempre desastrosos. Cuando un presidente no ha sido malo, esto ha ocurrido más por casualidad que por haber tenido verdadera estatura de tirano iluminado.
La mayoría de los países que mejor funcionan a nivel internacional –con la dudosa excepción de Francia y Estados Unidos– tienen regímenes parlamentarios, no presidenciales. En el territorio continental de las Américas el único que lo practica es la democracia más funcional y confiable de esta parte del mundo: Canadá. Países que hace medio siglo estaban menos desarrollados que nosotros y que salían apenas del desastre de una guerra hoy nos llevan billones de dólares de ventaja en desarrollo: Corea del Sur, otra democracia parlamentaria.
Las democracias más avanzadas, igualitarias y prósperas de Europa se rigen por sistemas parlamentarios: países nórdicos, Alemania, Reino Unido, Italia, España. Algún contradictor puntilloso dirá que muchos de estos países no son repúblicas sino monarquías o que tienen presidente. Bobitos no: sus reyes y reinas, sus presidentes, son figuras protocolarias para uso de nostálgicos y su papel consiste en alimentar las arcas de las que viven los chismosos de peluquería y las revistas del corazón.
Otros dicen que el sistema parlamentario no se acomoda a la idiosincrasia latinoamericana, que solo respeta al hombre fuerte, al líder que arrasa. ¿Cómo podemos saber si se adapta o no a nuestra índole si nunca lo hemos ensayado? Este viraje nos permitiría probar incluso algunas propuestas de los líderes del paro (imprimir billetes) a ver cómo funcionan en la realidad. Tras dos meses de hiperinflación, los derrocamos.
¿Esto es cosmética? No. Cambio extremo.