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                                                                                                                                El escritor que limpia inodoros

                                                                                                                                Jaime Bayly

                                                                                                                                Escritor, periodista y conductor de televisión peruano.

                                                                                                                                Yo no vivo de mis libros: las regalías son modestas. No vivo de la televisión: el salario es escuálido. Yo vivo de mi familia. Quiero decir: soy un mantenido por mi familia. Más exactamente: vivo de la caridad de mi madre.

                                                                                                                                PUBLICIDAD

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                                                                                                                                Read more!
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                                                                                                                                La otra noche, por ejemplo, me encontraba con mi esposa y nuestra hija adolescente, disfrutando de la cena de nochebuena, cuando una señora, llegada desde la India, y alojada en una de las propiedades de mi madre, empezó a enviarme unos mensajes de texto urgentes, apremiantes. Era el 24 de diciembre, yo estaba cenando, y de pronto la mujer me comunica que ha ocurrido una desgracia en el apartamento que me ha alquilado: el inodoro no funciona, está obstruido, ha vertido sus aguas marrones sobre el baño entero. La mujer, que ha pagado no poco dinero por dormir en aquella propiedad, me exige que le resuelva el problema sin dilaciones. Interrumpo la cena, salgo al jardín del hotel, llamo a todos los plomeros que conozco, pero ninguno me responde, todos me derivan a unas grabadoras. Enseguida le digo a la señora de la India que no encuentro a un plomero siendo la vigilia navideña, que por favor cierre la puerta de ese baño y que, al día siguiente, bien temprano, a las ocho de la mañana, iré con un fontanero a arreglarle el escusado. La mujer se exalta, se ofusca y me exige que resuelva el problema ya mismo, pues todo el apartamento apesta. No le digo, por respeto, lo que estoy pensando: ¿qué carajos usted, y su esposo, y sus críos, habrán metido en el retrete para atascarlo? Mi trabajo no es reñirla, ni adecentar sus hábitos de higiene, sino resolver el problema del wáter atorado. Le prometo nuevamente que a la mañana siguiente iré a desatascar el retrete y limpiar el baño. Pienso: eres un escritor tan malo, tan fracasado, que te ganas la vida desatorando los inodoros de la gente rica.

                                                                                                                                Read more!
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                                                                                                                                Al día siguiente, la señora de la India, que es doctora, porque ya he investigado todo sobre ella, y está casada con otro doctor, y cuya boda fue reseñada por un periódico importante, me escribe unos mensajes de texto no agradeciéndome nada, ni elogiando las vistas tan bonitas del apartamento, ni comentándome que ya pueden defecar tranquilos en todos los baños de la propiedad, sino quejándose en términos airados porque alguien ha aparcado su vehículo en el espacio designado de parqueo donde ella debía dejar su carro rentado. Respondo sin dilaciones, aterrado de sus malos humores. Le digo que no tengo idea de quién puede haber ocupado nuestro espacio de parqueo y que, entretanto, use el segundo espacio reservado para ese apartamento. ¿Qué culpa tengo de que alguien deje su auto en el lugar donde le correspondía aparcar a mi inquilina? Ninguna. Pero la señora de la India me culpa a mí. Y deja su vehículo alquilado en el segundo espacio de parqueo, pero sigue furiosa conmigo, como si yo le hubiese atorado el inodoro deliberadamente, para estropearle las fiestas navideñas, unas fiestas que no sé si ella celebra, pues a lo mejor no es cristiana, y como si además yo hubiese dado instrucciones para que alguien le obstruya también el espacio de parqueo. Todo con esa señora de la India es un drama salpicado de reproches, amenazas e insultos que no respondo, porque una y otra vez me derrito en disculpas, le pido mil perdones y le digo que estoy haciendo mi mejor esfuerzo para resolver sus contratiempos.

                                                                                                                                Todavía no es año nuevo, todavía no se ha marchado del apartamento de mi madre la señora de la India, tengo que aguantarla hasta el 2 de enero y me temo que lo peor está por venir y que mañana, al despertar, encontraré diez o doce mensajes de texto escritos por ella, exigiéndome que corra al apartamento a resolverle un problema más. De hecho, hace minutos me escribió un mensaje diciendo que había encontrado una cucaracha muerta en la sala (adjuntaba una foto de la cucaracha), que el apartamento era una inmundicia y que yo debía acudir de inmediato a recoger el cadáver de la cucaracha, porque si ella lo depositaba en el inodoro y jalaba la cadena, quizá el wáter se atascaría de nuevo. Ya mismo voy a recoger la cucaracha, le escribí a la señora de la India.

                                                                                                                                Yo no vivo de mis libros: las regalías son modestas. No vivo de la televisión: el salario es escuálido. Yo vivo de mi familia. Quiero decir: soy un mantenido por mi familia. Más exactamente: vivo de la caridad de mi madre.

                                                                                                                                PUBLICIDAD

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                                                                                                                                Read more!
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                                                                                                                                La otra noche, por ejemplo, me encontraba con mi esposa y nuestra hija adolescente, disfrutando de la cena de nochebuena, cuando una señora, llegada desde la India, y alojada en una de las propiedades de mi madre, empezó a enviarme unos mensajes de texto urgentes, apremiantes. Era el 24 de diciembre, yo estaba cenando, y de pronto la mujer me comunica que ha ocurrido una desgracia en el apartamento que me ha alquilado: el inodoro no funciona, está obstruido, ha vertido sus aguas marrones sobre el baño entero. La mujer, que ha pagado no poco dinero por dormir en aquella propiedad, me exige que le resuelva el problema sin dilaciones. Interrumpo la cena, salgo al jardín del hotel, llamo a todos los plomeros que conozco, pero ninguno me responde, todos me derivan a unas grabadoras. Enseguida le digo a la señora de la India que no encuentro a un plomero siendo la vigilia navideña, que por favor cierre la puerta de ese baño y que, al día siguiente, bien temprano, a las ocho de la mañana, iré con un fontanero a arreglarle el escusado. La mujer se exalta, se ofusca y me exige que resuelva el problema ya mismo, pues todo el apartamento apesta. No le digo, por respeto, lo que estoy pensando: ¿qué carajos usted, y su esposo, y sus críos, habrán metido en el retrete para atascarlo? Mi trabajo no es reñirla, ni adecentar sus hábitos de higiene, sino resolver el problema del wáter atorado. Le prometo nuevamente que a la mañana siguiente iré a desatascar el retrete y limpiar el baño. Pienso: eres un escritor tan malo, tan fracasado, que te ganas la vida desatorando los inodoros de la gente rica.

                                                                                                                                Read more!
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                                                                                                                                Al día siguiente, la señora de la India, que es doctora, porque ya he investigado todo sobre ella, y está casada con otro doctor, y cuya boda fue reseñada por un periódico importante, me escribe unos mensajes de texto no agradeciéndome nada, ni elogiando las vistas tan bonitas del apartamento, ni comentándome que ya pueden defecar tranquilos en todos los baños de la propiedad, sino quejándose en términos airados porque alguien ha aparcado su vehículo en el espacio designado de parqueo donde ella debía dejar su carro rentado. Respondo sin dilaciones, aterrado de sus malos humores. Le digo que no tengo idea de quién puede haber ocupado nuestro espacio de parqueo y que, entretanto, use el segundo espacio reservado para ese apartamento. ¿Qué culpa tengo de que alguien deje su auto en el lugar donde le correspondía aparcar a mi inquilina? Ninguna. Pero la señora de la India me culpa a mí. Y deja su vehículo alquilado en el segundo espacio de parqueo, pero sigue furiosa conmigo, como si yo le hubiese atorado el inodoro deliberadamente, para estropearle las fiestas navideñas, unas fiestas que no sé si ella celebra, pues a lo mejor no es cristiana, y como si además yo hubiese dado instrucciones para que alguien le obstruya también el espacio de parqueo. Todo con esa señora de la India es un drama salpicado de reproches, amenazas e insultos que no respondo, porque una y otra vez me derrito en disculpas, le pido mil perdones y le digo que estoy haciendo mi mejor esfuerzo para resolver sus contratiempos.

                                                                                                                                Todavía no es año nuevo, todavía no se ha marchado del apartamento de mi madre la señora de la India, tengo que aguantarla hasta el 2 de enero y me temo que lo peor está por venir y que mañana, al despertar, encontraré diez o doce mensajes de texto escritos por ella, exigiéndome que corra al apartamento a resolverle un problema más. De hecho, hace minutos me escribió un mensaje diciendo que había encontrado una cucaracha muerta en la sala (adjuntaba una foto de la cucaracha), que el apartamento era una inmundicia y que yo debía acudir de inmediato a recoger el cadáver de la cucaracha, porque si ella lo depositaba en el inodoro y jalaba la cadena, quizá el wáter se atascaría de nuevo. Ya mismo voy a recoger la cucaracha, le escribí a la señora de la India.

                                                                                                                                Por Jaime Bayly

                                                                                                                                Escritor, periodista y conductor de televisión peruano.

                                                                                                                                Temas recomendados:

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