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Pensaba escribir, con algunos documentos a la mano que estoy escurriendo del excesivo siglo XVI italiano, sobre la historia legendaria de la papisa Juana, y sobre la sombra que sus prodigios y desdichas tendieron a lo largo de toda la historia de la Iglesia Católica, obligando incluso a que durante mucho tiempo se practicara, sanamente, la prueba del palpamiento a quien el Espíritu Santo señalaba para ocupar la silla de Pedro.
Según el cronista Jean de Mailly a la impostora la lapidaron en plena procesión, cuando las contracciones no le permitieron seguir el camino de Letrán. Quién lo creyera: el Papa embarazado.
Pero un lector, Luis Uriel Puentes, me escribió este mensaje: “QUIERO SABER QUIÉN FUE EL TAN FAMOSO TIO SAM”. Y como esta columna se creó precisamente para eso, pues dejo los dolores pontificios a un lado y le respondo a don Luis Uriel. Me sirvo, eso sí, de un libro excelente de Delno C. West que se llama muy a propósito: El Tío Sam y la vieja gloria: los símbolos de América.
Y el Tío Sam es, en efecto, uno de los símbolos fundacionales del espíritu de los Estados Unidos, hecho por igual de las más infantiles supersticiones y de valores tan férreos como el del progreso y la prosperidad. Un espíritu tejido por las influencias más contradictorias, en el que los masones y los bautistas, movidos por la tradición y el fanatismo –claro: también por la riqueza–, se unieron para proclamar la libertad.
Y aunque la figura del Tío Sam que tiene todo el mundo en la cabeza es la del famoso afiche de James Montgomery Flagg para promover el reclutamiento de jóvenes durante la Primera Guerra Mundial –sí: el veterano de barba, sombreo de copa y corbatín que estira el índice derecho y dice “te quiero a ti en el Ejército”; una imagen sacada de la que los ingleses hicieron con su propio Secretario de Guerra, Lord Kitchener–, su biografía se remonta a principios del siglo XIX.
Porque muy probablemente el Tío Sam fuera Samuel Wilson, un proveedor de carne que durante la Guerra de 1812 (entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña) obtuvo del Gobierno americano la franquicia para alimentar a sus tropas. Y era tan pintoresco el personaje, que pronto la soldadesca lo volvió una de sus figuras entrañables, sugiriendo incluso que las cajas en que llevaba la comida, y que iban marcadas por la sigla del Gobierno, “U.S.”, querían decir más bien “Uncle Sam”: el Tío Sam.
Un nombre que desde el final de la guerra (en 1815) fue el de todos los Estados Unidos, y que incluso en 1816 permitió un libro bellísimo, hoy en Google Books: Las aventuras del Tío Sam.
