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Tal vez no haya dos figuras más opuestas en la literatura inglesa que George Bernard Shaw y Gilbert Keith Chesterton.
Shaw era flaco, pelirrojo, socialista, abstemio, vegetariano y ateo. Chesterton era gordo, rubio, omnívoro, conservador y católico, y jamás se acostó sin tomar al menos una copa de vino. Shaw creía en el advenimiento del superhombre. Para Chesterton era suficiente que hubiera hombres.
Comentando la popularidad de las conferencias de Shaw “sobre algunas de las 37 materias que le son íntimas”, Chesterton escribió: “Su éxito final como charlatán coincide con sus primeros grandes fracasos como teólogo”. Luego reconoce que es buen dramaturgo: “En un rapto de humildad, Shaw aceptó que Shakespeare era más alto que él, pero inmediatamente dio un brinco y se trepó sobre los hombros de Shakespeare. Cuando se cayó de ahí con estrépito, recordó, terco como buen puritano, que Shakespeare escribió sobre los hombros de Platón y concluyó, desesperado, que los tres eran iguales”.
Aludiendo a la conversión de GKC al catolicismo, Shaw escribió: “Chesterton tiene un fino sentido del ridículo; y de su edad: como ya no puede dar mal ejemplo, está dando buenos consejos. Anda en pleno lobby con el más allá”. Y cita la teoría de la probabilidad divina, de Bertrand Russell: “Un hombre inteligente debe creer en Dios: si existe, está salvado. Si no existe, no pasa nada”. Chesterton ripostó: “El error de Shaw consiste en su afán de ser moderno: busca la verdad en el tiempo, no en la eternidad”. (Russell, Churchill, Shaw y Chesterton… ¿habrá algo comparable al siglo XX inglés?)
Pero en realidad se admiraban profundamente, casi hasta la envidia, hasta el plagio, hasta los celos, como en el amor. Eran muy inteligentes para no advertir el valor del otro. “A veces tomo ideas y frases suyas. A veces un parrafillo…”, confiesa GKC. Por su parte, Shaw dijo: “Mi ateísmo sólo vacila cuando veo que hombres como Chesterton creen en Él”. Pero de inmediato vuelve a subir la guardia: “Para el hombre adulto, Dios es la luz que espanta los fantasmas del chico” (es decir, Dios es al hombre como el “Coco” al niño).
“Chesterton es un filósofo sano, vital, Homero rugiendo entre los pinos, Whitman cantando en la tormenta. Es como esos relojes de sol, que sólo registran las horas felices” (el símil lo tomó de Chesterton).
Al final de su ensayo George Bernard Shaw, Chesterton escribió: “Pero esto es lo que se escribirá de nuestro tiempo: cuando el espíritu que niega sitiaba la última ciudadela, blasfemando contra la propia vida, hubo algunos, especialmente uno, cuya voz fue oída y cuya lanza no se quebró nunca”.
Los unía un instinto: eran dos pensadores vitales que odiaban (o temían) el escepticismo. Si lo hubieran leído, habrían admirado el estilo de Cioran pero habrían despreciado sus ideas. Chesterton escribe: “Este es el primer punto y el más hermoso del credo original de Shaw: que si la razón dice que la vida es irracional, la vida debe contentarse con responder que la razón no tiene vida; la vida es lo fundamental, y si la razón le estorba, hay que pisotear la razón y arrojarla al lodo entre las más abyectas supersticiones”.
Para Chesterton, Shaw fue “el último hombre sensato”. Mientras Tolstói era un místico delirante, un santo ingenuo que clamaba al cielo para que no hubiera más guerras, Shaw rezongaba: “Que haya guerras, si es preciso; pero, por amor de Dios, canciones de guerra, no”.
La relación entre estos dos hombres fue tormentosa, como suelen ser los grandes romances. Se sabe que en su lecho de muerte, Chesterton le dijo a su mujer: “Dale un beso a Shaw… como cosa tuya”. Se sabe que, al recibir la noticia, Shaw dijo: “El mundo es ahora un poco más pobre”.
