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LA INFALTABLE RESOLANA DE LAS cinco despide su luz en los corredores de la casona presidencial. Es la sabana de Bogotá; no hay sol de los venados, pues el invierno y la bruma le han negado toda posibilidad a un arrebol de Zamora.
En un rincón del corredor puede verse al presidente don Juan Manuel, enseñoreado en el poder, no supimos cómo ni cuándo; al mismo sobrino nieto del presidente Eduardo Santos Montejo. El frío es inhabilitante, es decir, no permite hacer absolutamente nada, pero quizás sea apto para pensar con frialdad santista.
Ya no existe el apoyo de un cigarrillo (de aquellos que ofrecía don Juan Manuel en pitillera de oro), que desde el acto de encenderlo comenzaba a calentar las manos del fumador. El ministro Germán Vargas entra repetidamente a la casa, puesto que la reunión se ha instalado en el corredor exterior. Hoy los fumadores se alejan del público que los rechaza con fanatismo.
Juan Camilo, en traje semanal, disimula que su camisa deportiva resultó ser la misma de su compañero del lado, el ministro Echeverri, en mangas. Cabizbajo, el de Agricultura, no abandona el portafolio con la Ley de Tierras, que será ocasión para aplicar la de Víctimas, también a su cargo.
Al comandante Cely no se le ve con el traje naval del “almirantazgo”, sino con abrigadísimo chaquetón; Angelino está de suéter, la camisa abierta y sus facciones un tanto descolgadas por el adelgazamiento. Es gracia que tolere la temperatura extrema de la antigua hacienda del general Santander, que fue expropiada a un clérigo para dársela en premio y pago por el triunfo de la revolución de independencia. Una vez presidente, dice Santos Molano, Santander amplió los límites de su propiedad ( “El Corazón del Poeta”).
La cancillera, doña María Ángela Holguín, enfundada en su chal y bajo el alero de un peinado que le sombrea la cara, medita en aquella ama de casa de la sabana que, mientras rezaba el rosario, pidió permiso para buscar con qué abrigarse y no regresó jamás. También hace globos sobre la reunión que se avecina con el amo de Venezuela, ahora simpático amigo, quien va a querer repetir ajiaco santafereño en ese mismo lugar en que conoció, con emoción, a Uribe.
La noche llega a los faroles y un cierto halo místico se toma la casa que fuera de los Silva Fortoul, y trae ecos de aquel pasado, cuando el hato era grande (700 fanegadas, ya dividido). Se entra al salón principal y un “lamparazo” (de aquellos de Alberto Casas) se hace imprescindible para evitar la congelación de la sangre y es el presidente Santos, que no es ningún mojigato, quien se lo encarga a los juanes y juan carlos que lo rodean en este frío análisis de gobierno. Los ánimos se encienden y se prolonga el diálogo; mientras tanto, la lámpara de la alcoba matrimonial ha estado calentando las heladas sábanas. Es la sabana de Bogotá.
