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Una de las más bellas islas del mundo, con ese incomparable mar de siete colores y una vegetación exuberante, está afrontando una crisis que no reconocen algunos sectores, pero cada vez se hace más visible.
La prueba es que ha disminuido la calidad y la cantidad de turistas que la visitan porque, hablando en plata blanca, es más barato ir a Cancún que al paraíso colombiano por culpa, entre otras cosas, de los famosos planes “todo incluido”. Si bien resultan más económicos porque ofrecen desde los vuelos hasta los hoteles y los restaurantes, son una competencia desleal con las otras aerolíneas, hoteles, restaurantes y hasta el comercio.
Lo peor del caso es que esos pulpos se llevan la platica para afuera ante la mirada complaciente de quienes deberían proteger a los más débiles, no prohibiendo la competencia pero sí apoyando a los raizales que son unos desplazados en su propia tierra.
Para David resulta imposible pelear con un Goliat que se la gana toda y se la lleva toda. La clase sándwich es la que termina llevando del bulto porque o compra los “todo incluido” o termina yéndose para Cancún.
Lo más grave es que el Estado sigue pasando de agache, en otra de las grandes paradojas de este país. La población nativa no demora en exigir que se le tenga en cuenta y que con toda esa plata que le entra a la Nación se hagan obras de infraestructura en la isla.
Ojalá no envíen carrotanques con agua dulce y después firmen convenios y promesas que nunca se van a cumplir, generando otro robo al bolsillo de los colombianos. No olvidemos que la corrupción en San Andrés ha sido un común denominador de tan bello lugar.
