El trabajo es el servicio transable por excelencia en una economía capitalista, y el salario promedio es un factor determinante de la riqueza nacional. En la historia de las teorías económicas hubo una fase en la que el trabajo se tomó como patrón de medida y las teorías económicas de entonces se basaron en él. Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx compartieron la teoría clásica del valor, basada en ese patrón de medida. En ellas, la ganancia era definida por la diferencia de lo que producía el trabajo y el de la canasta de bienes requeridos para la reproducción de los trabajadores que se compraban con el salario. Este excedente o plusvalor en Marx es la base de la ganancia. Se trataba de una teoría de la explotación.
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El trabajo es el servicio transable por excelencia en una economía capitalista, y el salario promedio es un factor determinante de la riqueza nacional. En la historia de las teorías económicas hubo una fase en la que el trabajo se tomó como patrón de medida y las teorías económicas de entonces se basaron en él. Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx compartieron la teoría clásica del valor, basada en ese patrón de medida. En ellas, la ganancia era definida por la diferencia de lo que producía el trabajo y el de la canasta de bienes requeridos para la reproducción de los trabajadores que se compraban con el salario. Este excedente o plusvalor en Marx es la base de la ganancia. Se trataba de una teoría de la explotación.
A finales del siglo XIX, la teoría del valor trabajo fue reemplazada por el marginalismo, que tomó el precio de mercado como el patrón de medida, sin indagar el sustrato en que se basaba. El determinante del salario según esta teoría es el producto marginal o lo que añade el trabajo al precio de la mercancía. Lo que aporta el capital al producto será la ganancia. De esta manera, el salario tiende a igualar el valor creado por el trabajador mientras que la ganancia es lo que aporta el capital al valor de la mercancía. Desapareció así la idea de la explotación en la teoría económica moderna y apareció una justificación de la distribución que hacia el capitalismo de la riqueza.
Una rápida mirada sobre los salarios mínimos actuales, medidos en dólares de varios países latinoamericanos, permite hacer comparaciones interesantes, aunque no se mide bien la capacidad adquisitiva de cada cual. Los coleros en la retribución al trabajo son Venezuela con US $2,50 mensuales, reflejo de la horripilante crisis de una dictadura supuestamente socialista que liquidó el 80 % de la economía del vecino país, y Argentina con US $239, que sufre el ajuste propiciado por la administración Milei que está liquidando buena parte del empleo público y privado de su país. El salario más alto de todos es el de la Costa Rica democrática con US $725, seguido por Uruguay con US $505, empatado con Chile. Siguen Ecuador, dolarizado con US $470, y México con US $417. Colombia está en la mitad inferior con US $323, siempre mediocre, pero mejor que Brasil, que exhibe un salario mínimo de US $245, ambos proveyendo un bajo nivel de consumo al grueso de la población. Sus sectores informales albergan a la mayor parte de sus habitantes que no se benefician de los ajustes decretados por sus gobiernos.
Los ajustes de los salarios mínimos reportados para 2025 fueron encabezados por el generoso (con la plata de los empresarios) del gobierno de Colombia con un 9,5 %; Chile con un 8,7 %; Brasil, 7,5 %; México, 4,5 %; Argentina, 2,5 % y Venezuela 0, con inflación mayor de 30 %. En el caso de Colombia, el ajuste fue un tiro en el pie de su gobierno, cuya nómina se encareció y acercó su déficit fiscal al 7 % del PIB, nivel solo superado durante la pandemia de 2020. Venezuela es un caso perdido: enmiseró a sus habitantes, tres millones de los cuales votaron con los pies. Ellos decidieron emigrar, buscar suerte en otros países, la mayor parte intentando acceder infructuosamente a los Estados Unidos, caminando miles de kilómetros y cruzando la selva del Darién en la que perecieron cientos. Hay que darle crédito al gobierno de Gustavo Petro por no haber seguido el ejemplo de Maduro: implosionar la economía con tal de mantener su control político por todos los tiempos.