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Primero, la nostalgia de una temporada de premios sin la acogedora penumbra del teatro. Sin esa temporalidad en la que se desenvuelve una narrativa que vamos recibiendo, a la que se ajustan las retinas expectantes, fijadas en el conjunto sensorial, en la luminosidad de la gran pantalla. Para algunos de nosotros, el inicio del año era también la comunión con ese rito. Ver todas las películas posibles para llegar a las transmisiones televisivas de noches glamorosas, de aquellos premios que reconocen el oficio cinematográfico y visual. Y una convicción de cierto tipo. Creer que en el cine, en la producción audiovisual del momento se cifran índices de los tiempos que vivimos. Segundo, la postergación de los Premios Óscar, aplazados para finales de abril.
Entre una de las nominadas a mejor filme está El juicio de los 7 de Chicago, disponible en Netflix como consecuencia de los ajustes que propició también la pandemia. Varias de las películas nominadas están atravesadas por arterias punzantemente políticas. Está la hazaña vengativa de una mujer cuya amiga vivió una devastadora violencia sexual. La fábula de un militante de los Black Panthers, en el ocaso de esos 60 revoltosos, en los Estados Unidos. La reinvención vital de una mujer que atraviesa la pérdida total de trabajo, vivienda, vida, que se entrega al nomadismo en su van, y un retrato crudo de la clase trabajadora norteamericana.
El juicio de los 7 de Chicago tiene como epicentro el proceso legal que en 1969 se sostuvo contra un grupo de manifestantes y organizadores políticos, ardorosamente opuestos a la guerra de Vietnam. Eran miembros del rugido que era entonces la protesta contracultural. En 1968 ese descontento erizó expresiones en la Convención Nacional Demócrata. Ese agosto, Abbie Hoffman, Jerry Rubin, Tom Hayden, Rennie Davis, David Dellinger, Lee Weiner, John Froines y Bobby Seale habían gestado movilizaciones que se materializarían en el marco del encuentro político. (Seale, con quien suman ocho, líder del partido de los Black Panthers, insiste en escindirse de ser incluido en la agrupación que va a juicio).
En aquella atmósfera de tensiones ariscas, la desazón social pendulaba también entre la insistencia de permanecer pacíficos y el clamor de la ferocidad. Los individuos son acusados por el gobierno federal de participar en hazañas conspirativas que buscaban “desestabilizar” o “destruir” el establecimiento político. El filme es una muestra nítida del espectáculo de la persecución.
No quiero emprender una línea descriptiva de la trama sino extraer algunos símbolos que me sacudieron por su cualidad de reflejo. Espejos de lemas que justamente abrasan la época que vivimos. La perspectiva histórica siempre tiende esa posibilidad. Y ciertos hilos primordiales de la película hacen eco a nuestros días en términos de asuntos que palpitan en la contemporaneidad: racismo, justicia, democracia, guerra y paz. Los 60 fueron un periodo de convulsión en los Estados Unidos. Líderes políticos asesinados. Una guerra que cobró millares de vidas. Remezón de las mujeres y estallidos contra el racismo. Una marejada contracultural que se elevó contra la burguesía, las buenas maneras, el capitalismo, la formalidad.
Crear enemigos simples y deshumanizados desde la ansiedad social y como efecto del vértigo que generan ciertas sacudidas ha sido un método común de ciertas narrativas políticas. También ubicar a dichos enemigos de manera espectacular en el radar público. Los cambios mediáticos en los 60 también hacían eso posible. La presencia de la pantalla televisiva permitía generar ciertas imágenes, transmitir ciertos mensajes, ponerle rostro a la angustia social.
El juicio de los 7 de Chicago permite leer ciertos subtextos que nos competen todavía. Está el fantasma del pavor que se tiene hacia “la izquierda radical”. O más bien el fantasma de aquello que, simplificado, allanado, se pretende proyectar como eso que se imagina es la izquierda radical. Dos palabras que, juntas, alebrestan miedos colectivos. Justamente la lógica política del binarismo. Ya fuese por sus pelos largos, sus aspectos de estética contracultural, - como en el caso del célebre Abbie Hoffman y Jerry Rubin; - o por discursos que clamaban con fervor equidad social – como en el caso de Tom Hayden-, estos “enemigos” de los Estados Unidos, se fabricaron como amenazas al orden social. Al demonizar, simplificar y deshumanizar, se logra establecer arquetipos que resultan preciso marginar, castigar, temer y condenar. Señalar el miedo ante un demonio antiguo no significa incurrir en su idealización total. Sabemos, históricamente, que los vicios del poder, en sus extremismos, pueden llegar a destruir lo que afirman.
Está la consideración anti-bélica como una postura política “radical”. ¿De qué sirven las guerras? La película nos pide preguntar. ¿A quién sirven? ¿Qué facciones de las instituciones autoritarias exhortan su reproducción y sus financiamientos? ¿Por qué se percibe el esfuerzo bélico como una forma de patriotismo pero las tácticas confrontacionales, desde la rebeldía marginal estas oposiciones, como una aberrante amenaza social?
Y está, como una presencia ruidosa en toda la película, el lenguaje de la fuerza policial. “Las cosas se van a la mierda cuando los protestantes no tienen a dónde ir”, se dice en algún momento de la película. Si algo se hace cada vez más evidente en nuestro panorama es que la milicia, los ejércitos, la policía, son todos artefactos e instrumentos de una lógica patriarcal. Tendríamos que considerar que estas fuerzas, entrenadas para exhibir cierto tipo de poder, uno que tantas veces se vuelve violencia y autoritarismo, está compuesta de seres humanos, miembros que asimilan una forma de estar en el mundo, de actuar. ¿Qué aprenden los muchachos que se convierten en soldados para poner sus cuerpos para una guerra orquestada por quienes no la viven? ¿Qué asimilan esos jóvenes que se convierten en los policías de la urbanidad?
Históricamente, la agitación social ha sido contenida muchas veces con una fuerza armada, comandada a disolverla. Una fuerza sustentada, además, por unas retóricas subsiguientes que tienden a vender esas expresiones como meras agitaciones necias que requieren ser controladas con un tipo de fuerza que también puede volverse brutal. La propia ira del descontento social puede desbordarse también y en estos encuentros puede dibujarse la asimetría entre la gente, el pueblo que protesta y las infraestructuras que buscan contenerlas. Así pasa en el filme. Así ha pasado en Colombia últimamente. La agitación social habla, sus ruidos y su tumulto son índice de algo que está latiendo. Lo necio es desoírlo, no esforzarse para al menos comprender, hacerse una idea de dónde viene el ardor, el descontento.
Una escena de la película nos impulsa, además, a recordar otro tema que nos ocupa también: los códigos de la fuerza policial. En esa escena, los policías que persiguen a los protestantes en el motín que conduce al juicio de los siete, se arrancan las placas del pecho para proceder de una manera que rebase, supuestamente, la institucionalidad que representan. Es un signo de individuos que están por ejercer un tipo de brutalidad que no quieren sea trazada hasta sus nombres. Esos policías quitándose sus placas significa que, al hacerlo, la violencia puede darse, sin contenerse de ninguna manera.
Mientras por estos días en el suelo estadounidense se televisa el juicio de Derek Chauvin, el policía blanco que nunca quiso remover la rodilla del cuello de George Floyd, quien con toda su corpulencia suplicaba que no podía respirar, presenciamos algo que no es nuevo. No es novedosa la brutalidad que ejercen las fuerzas policiales en nombre de sus tareas. No es novedosa tampoco la filiación entre esa desproporción de fuerza y el vector racial. No es novedoso este llamado que nos concierne, de revaluar estos aprendizajes, estos patrones, estas formas de pretender control social, asociadas tantas veces a policías y ejércitos. “La policía”, se dice en el filme, en algún momento, “¿es la gente de quién?”
Así también, la película nos recuerda que quienes luchan social y políticamente están atravesados por su propia e imperfecta humanidad. Como el error discursivo que comete Tom Hayden cuando no logra precisar, por el fragor del momento, que era su sangre a la que se refería debía correr cuando a su compañero le lanzan un golpe en la cabeza. (Una nota: Hayden fue esposo de Jane Fonda, cuyos videos de ejercicios aeróbicos, célebres, servían para financiar al partido de izquierda que tanto amenazaba al establecimiento estadounidense).
Es Hayden, al final, quien nos recuerda algo que reverbera en Colombia con fuerza singular. La muerte tiene nombre. La muerte es, justamente, uno de los centros fundamentales en la postura antibélica. Como “declaración” final en el juicio, ante la cual el juez señala no se incluya tono político, Hayden lee nombres de miles de hombres que murieron peleando en Vietnam. En el recinto, los demás se levantan, algunos alzan el puño como señal de esa lucha que cree que el poder es para el pueblo. La guerra tiene como forma esos nombres, idos, extintos, cuerpos fallecidos, humanidades que perecen. Aquello nos recuerda el “peligro” con que se reciben muchas veces las ideas, como esa, radical, de creer en la paz y no en la guerra.
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