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Bogotá, una ciudad enmarcada por montañas, ciclovías y una histórica resiliencia, enfrenta una de las grandes ironías, tan grande como sus problemas de infraestructura. Mientras la lluvia convierte cada esquina en un estanque improvisado, el fantasma del racionamiento de agua estricto empieza a rondar nuestras conversaciones, como un recordatorio de nuestra frágil relación con los recursos naturales.
El eslogan “Bogotá camina segura” ha mutado a “Bogotá camina mojada”, ya que el clima no ha dado tregua. La sostenibilidad, aunque constante en los discursos políticos, se ha rezagado en la práctica, quedando atrapada en la retórica. En lugar de acciones concretas y de largo plazo, encontramos una ciudad ahogada por el abandono de su infraestructura hídrica y la permisividad hacia un modelo de construcción que ignora los desafíos climáticos actuales.
El urbanismo sostenible: una deuda aplazada
Pese a que los documentos distritales de las entidades a cargo insisten en el “urbanismo sostenible”, las prácticas en la capital cuentan otra historia. Son escasos los proyectos que destaquen por su enfoque sostenible, y aunque hace poco más de una administración se empezó a hablar de Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS), su implementación avanza lentamente. Cada vez que llueve, tiene lugar el colapso del alcantarillado público.
Es cierto que algunas construcciones incluyen “propuestas sostenibles”, como estacionamientos para bicicletas o certificaciones de sostenibilidad que no pasan del simbolismo, pero estas medidas resultan insuficientes cuando los edificios no están diseñados para adaptarse a los desafíos reales del entorno: sistemas de recolección de aguas lluvias, plantas internas de tratamiento para reciclaje hídrico o soluciones efectivas de manejo de aguas residuales.
La culpa no es solo del cambio climático
El cambio climático es un problema global y transversal que debe ser atendido urgentemente, pero culparlo exclusivamente desvía la atención de los problemas estructurales que enfrenta la ciudad. Se necesita liderazgo que priorice obras que, más allá de tener certificaciones, realmente demuestren con datos su aporte a la sostenibilidad urbana. La falta de ejecución de proyectos tangibles que se alineen con el Plan de Acción Climática (PAC) de Bogotá evidencia una desconexión alarmante entre las promesas y la realidad.
Llamado a la acción
La sostenibilidad no es solo una palabra de moda; es una responsabilidad urgente para Bogotá que no se puede seguir postergando. Es momento de priorizar iniciativas de infraestructura pública que, basadas en estudios, datos concretos y evidencia comprobable, demuestren un verdadero compromiso con la transformación hacia un modelo de resiliencia urbana. Esto no se logra con certificados o sellos simbólicos, sino con proyectos que respondan de manera tangible a los desafíos actuales y a los venideros.
La “Venecia de los Andes”, lo que podemos evitar, no necesita góndolas ni romanticismo. Requiere agua potable, gestión efectiva de los recursos hídricos y, sobre todo, líderes que comprendan que construir el futuro no se logra con discursos ni promesas vacías, sino con proyectos reales, tangibles y respaldados por evidencia.
* Arquitecto.
Por Sergio Alejandro Rincón Durán
