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Es curioso cómo el miedo o el prejuicio nublan la empatía y hasta la lógica, esto lo digo luego de caer en lo absurdo del miedo al visitar el sur.
Viví en el municipio de Soacha (Cundinamarca) casi toda mi juventud, allí estudié, compartí con amigos y pasé momentos muy gratos. Siempre que alguien me preguntaba por mi lugar de residencia, al responder “Soacha” usaba el chiste “kilómetro 6, vía a Melgar”, “en el norte de Fusagasugá” o “en la ciudad del amor-cilla y la gallina”. Esta era una forma de salirles al paso a las preguntas incisivas que casi siempre precedían a mi respuesta: “¿Y sí le gusta vivir allá?”, “¿cuándo se va a ir de Soacha?, “¿no es muy peligroso eso por allá?”.
Pensando en ello, hablar del sur, la pobreza y la marginalidad fueron temas que abordé desde distintos escenarios como soluciones de vida. Porque la verdad no vi nunca como algo malo vivir en Soacha y procuraba no sentirme discriminado por ello.
En Soacha vive gran parte de la fuerza laboral bogotana y la marginal propuesta de un sistema insuficiente como Transmilenio da cuenta del desplazamiento de miles de personas a la ciudad a diario. Precisamente por ello he cuestionado los procesos abusivos que arrebatan la dignidad de vida y aportan negativamente a esos prejuicios que constituyen esa etiqueta de lo marginal.
Por cosas de la vida, salí de Soacha hace unos años, me fui a vivir a un pueblo donde el ritmo de vida es completamente diferente, la seguridad no es un problema ni tema de conversación y al volver a Soacha encuentro una tensión que me recibe, con una realidad compleja pero nunca aborrecible.
Fue justo hace unos días cuando, por cosas de trabajo, tuve que ir al barrio Las Cruces, en el centro de Bogotá. Antes de ir, me dijeron mis amigos: “Tenga cuidado por allá”, “pilas lo roban”, “eso allá es caliente” y no faltó el “mejor no vaya por allá”. El miedo se me pegó a la sombra y con los ojos más abiertos que de costumbre llevé lo necesario y los sentidos alerta. Llegué a la estación Bicentenario de Transmilenio y tomé el bus que me subía hasta mi destino, y para mi sorpresa encontré que el miedo se me fue quitando conforme subía el bus por entre calles; es más, me bajé sin miedo y terminé caminando el último tramo del recorrido.
Arriba en Las Cruces vi personas, trabajadores, niños, madres, vendedores y recicladores que ocupaban algunas calles movidos por sus quehaceres, porque al final, ya sea al sur, al centro o en cualquier periferia “marginada” como la de Las Cruces o Soacha, hay habitantes que asumen esas realidades complejas y cargan con el estigma de vivir en un barrio popular.
En Las Cruces se encuentran el mirador la Cueva del Arco, que tiene una vista muy bella, y el restaurante Don Roque, y allí también vivió Jorge Eliécer Gaitán, además de otras apuestas por convivir con locales y transeúntes en un barrio que tiene fama de “caliente” en medio del frío bogotano.
En todo lugar pueden pasar cosas, en todo sitio se puede ser víctima de un robo, precisamente por ello hay que andar con cuidado, pero no permitir que el miedo nos empuje a lo absurdo o, peor aún, al prejuicio.
Como nota final, el prejuicio de los blancos hacia barrios afroamericanos fue causa y aporte de la segregación, y para este caso nuestro el prejuicio es parte elemental de la exclusión y división social. El sur no es caliente, es cálido y las relaciones que allí tejemos son parte indispensable del ejercicio por transformar nuestras maneras de habitar.