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Semántica y política económica

Marc Hofstetter
19 de agosto de 2018 - 02:00 a. m.
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El presidente Iván Duque ha sostenido que no quiere que Colombia firme más acuerdos comerciales. Le preocupa que la balanza comercial sea deficitaria con muchos de nuestros socios: “Colombia ha firmado muchos [acuerdos comerciales] en los últimos años. Desafortunadamente, la balanza comercial con muchos de esos socios es cada vez más negativa. Por eso, no vamos a negociar nuevos tratados en los próximos cuatro años”, afirmó el presidente.

Gustavo Petro comparte ese objetivo. Su programa de gobierno proponía renegociar los tratados de libre comercio e implementar políticas “que equilibren la balanza comercial”. A Donald Trump le parece que tener un déficit comercial con otro país es señal de debilidad, sinónimo de ser un país perdedor y consecuencia de malas políticas. En su visión, los países con superávits roban a los deficitarios. Y ha pasado de la retórica a la práctica incrementando aranceles a varios de sus socios comerciales.

¿Qué hace que líderes tan disímiles compartan el objetivo de cerrar los déficits comerciales? La semántica de la palabra “déficit” no ayuda. La Real Academia la define como “falta o escasez de algo que se juzga necesario”. Si a una paciente le diagnostican un déficit de calcio, espera que le receten pastillas para remediarlo. Con los déficits comerciales, los políticos parecen seguir esa lógica.

En contraste, para la mayoría de economistas un déficit comercial con un país particular no tiene connotaciones negativas. Usualmente, los déficits comerciales no requieren tratamiento alguno y, en cambio, intentar cerrarlos puede generar daños colaterales. Ya es clásica la analogía de los libros de texto que señala que el autor del mismo tiene un déficit comercial perenne con su peluquero y que eso no le causa problema alguno a ninguna de las dos partes. Como decía recientemente Larry Summers, profesor de Harvard, “el déficit comercial es una métrica terrible para juzgar la política económica”.

Traigo a colación ese debate a raíz del discurso del ministro de Hacienda en la asamblea de la ANDI. Me gustó de dicha presentación que dejó claro su diagnóstico sobre el problema fundamental que enfrenta la economía del país: la caída en el crecimiento de largo plazo de 4,8 % en 2012 a 3,5 % en 2018. Sus políticas, por tanto, tratarán de enfocarse en remediar esa caída. El ministro fue más allá y describió las causas posibles del problema. Descartó que fuera consecuencia de poca inversión en capital físico o humano. En su opinión, el meollo del problema hay que buscarlo en la baja productividad.

El diagnóstico viene con un reto: las pastillas contra el bajo crecimiento de la productividad no se han acabado de inventar. Sin embargo, entre los muchos ingredientes activos que deberían tener, sin duda, está un acceso libre a los mercados del resto del mundo y a sus bienes y servicios. La retórica contra los déficits comerciales no sólo pone el foco en un problema inexistente, sino que nos deja sin una herramienta fundamental para atacar el que ahora sabemos es el problema de fondo de la economía colombiana según el ministro.

Ojalá la política económica en este caso no se guíe por los prejuicios asociados a la semántica.

@mahofste

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