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Cuando le entregué los resultados, la hematóloga Iris Córdoba frunció el ceño y me dijo casi en forma incomprensible: “Hay algo que no me gusta”; digitó un par de frases en el computador, imprimió una orden, me la entregó y me dijo perentoriamente: “Cruce inmediatamente la calle y se va para urgencias de la clínica Santa Fe para que lo hospitalicen”. Obviamente no podía ser una buena noticia, pero jamás imaginé que cuando el médico de turno vio la orden, me hiciera seguir hasta un módulo en urgencias. “Lo que usted tiene es Leucemia Mieloide Aguda y debe quedarse hospitalizado”.
Hasta ahí no sentí, como la mayoría de los diagnosticados con la enfermedad, dolor, drama, y sí que menos pánico. No sé qué me sucedió, pero lo tomé con tremenda calma. Ni siquiera me angustié cuando pensé en el momento en que mi esposa y mi hija recibieran la noticia. Empezó en mí, desde ese instante, un trabajo netamente mental. No me iba a dejar derrotar sin conocer qué había pasado, cómo iban a transcurrir los siguientes días. Calma, calma, calma. No aparecieron las preguntas inquietas de la mayoría de los testimonios que a diario escuchaba o leía de los enfermos: ¿Por qué yo? ¿Por qué no otra persona? ¿Qué error cometí? ¿Algún castigo?
Ese día me enviaron a una habitación y al siguiente llegó el doctor Guillermo Enrique Quintero acompañado de otros colegas, quienes me explicaron qué era mi leucemia, cómo iban a actuar, cuántos días podría durar el proceso, cuáles serían mis reacciones, qué iba a ocurrir con mi cuerpo, la caída del cabello, la segura pérdida de peso y por ende debilidad y otras complicaciones que ellos, ese equipo de especialistas, estarían atentos a solucionar.
La LMA es en pocas palabras y según la hematóloga Córdoba, un tumor de las células de la sangre encargadas de defendernos de infecciones, las cuales pierden su función y se multiplican de una forma rápida y descontrolada, haciendo que se sea susceptible a las infecciones. Al crecer impiden que se produzcan glóbulos rojos y plaquetas, lo que conlleva a anemia y riesgo de sangrado (…). Este desajuste era lo que pretendían acabar los facultativos. El tratamiento empezó con largas jornadas de quimioterapia, algunas muy fuertes que me pusieron a pensar largamente, pues veía cómo y muy lentamente, gota a gota, las bolsas trataban casi asmáticamente de desocuparse, pero era tan lenta la operación que creía que jamás se iba a acabar.
Al cabo de los días ,una psiquiatra me hizo preguntas sobre mi estado de ánimo y le respondía que a pesar de lo que estaba sintiendo en el cuerpo, el ánimo seguía arriba, con buen humor y sin atisbo de angustia o de drama por el proceso. Infortunadamente dos o tres semanas después y estando con las defensas completamente bajas, se presentó una celulitis perianal, una infección bacteriana del tejido que se encuentra inmediatamente por debajo de la piel, y que me produjo preocupantes dolores e incomodidad especialmente al hacer las respectivas deposiciones y el aseo diarios, pero ni así bajé la guardia ya que los médicos decían que sería pasajero y que tuviera paciencia, palabras que he tenido en el alma como una cruz de ceniza. Y aunque hubo algún tipo de preocupación por parte del equipo médico por el lugar de la celulitis y sin contar con las suficientes defensas, iniciaron un tratamiento agresivo de antibióticos que revisaban milimétricamente, sin un solo segundo de descanso hasta que desapareció la celulitis.
Dos semanas después presenté una complicación pulmonar que, al igual que la celulitis, empezó a ser controlada en forma inmediata, aunque ahí sentí algo de preocupación porque la respiración era dificultosa ,que disminuyó ante más antibióticos y una buena dosis de oxígeno a lo largo de los días.
Gracias a Dios los días fueron pasando hasta completar 57, cuando recibí la extraordinaria noticia que iba a ser dado de alta. No lo podía creer, pues aunque el doctor Quintero aseguraba que ya estaba pasando el peligro de las células malignas, nos correspondía, pero en forma ambulatoria, seguir con quimioterapias cada 27 días , que cumplí disciplinadamente en los siguientes meses.
Y digo gracias a Dios, porque inicialmente creí que todo lo que me había sucedido había sido producto de la casualidad o las coincidencias, como la de ir a las consultas con la hematóloga, como la de estar su consultorio justo frente a la clínica Santa Fe, como tener una cita de trabajo con estudiantes de la Facultad de Periodismo del Externado de Colombia y al no acudir, con la puntualidad de siempre, empezaron a llamar y me dijeron que tenían parientes cercanos de alta jerarquía en la clínica lo que ayudó en acelerar mi atención; coincidencias, como la del doctor Quintero a quien había conocido años atrás en el matrimonio de un amigo médico y se convirtió en mi médico de cabecera y así muchas más casualidades que entendí, sin lugar a dudas , en la mano de Dios que quería ayudarme a sortear este obstáculo en mi vida.
He de agradecer al equipo médico de la Santa Fe. No fueron galenos cumpliendo con su deber, sino verdaderos amigos con quienes diariamente hacía uso del humor para hacer más llevaderos los días; y las enfermeras jefes y auxiliares quienes me ayudaron en cada inconveniente que se me presentaba, incluso a altas horas de las madrugada.
Cuando el doctor Quintero me dijo que estaba libre de la leucemia, supe que Dios había oído mis oraciones y empecé una nueva vida “pero le recomiendo -me dijo- hacerse el trasplante de médula ósea para evitar cualquier recaída, es mejor no exponernos”. Acudí a mi EPS Compensar en donde elevé la solicitud ante Tatiana Aguirre, de Servicios Hospitalarios, quien hizo lo imposible por buscar la autorización, a pesar de los inconvenientes presentados de “esta tarde”, “mañana por la mañana”, “no ha llegado la orden”.
Cuando tuve la orden en las manos, que era como un cheque en blanco, acudí a una funcionaria de la clínica Marly, Adriana Lucía Villegas, un verdadero ángel de Dios, quien con una sonrisa de oreja a oreja me calmó los nervios que llevaba ante una nueva hospitalización; me dio todo tipo de instrucciones y me remitió a donde la doctora Virginia Abello para contarme el proceso del trasplante para culminar con una charla detallada con el doctor Javier Figueroa, quien me explicó lo que podía suceder con este procedimiento.
Y de nuevo la mano de Dios: mis dos hermanos menores se hicieron las pruebas de sangre para ver si eran compatibles y uno resultó 100%, asunto que no se presenta en todos los casos por la casi imposibilidad de hallar donante con este porcentaje. Por eso muchas veces toca recurrir a otro tipo de donantes, muchos de ellos foráneos que han sido voluntarios a lo largo y ancho del mundo como acto solidario con otros seres humanos.
Y otra “diosaluadidad”, casualidad con Dios. Cuando iba a empezar el procedimiento de trasplante ¡Oh sorpresa! Una de las médicas del equipo era la doctora Iris Córdoba, la que me había diagnosticado la leucemia y el reencuentro fue realmente emocionante.
Bajo la dirección del doctor Pedraza, con el apoyo de sus colegas Esguerra, Carmen y Manuel Rosales, Mendieta, Virginia Abello y Figueroa, entre otros, se me hizo el trasplante y a lo largo de las 24 horas, sin descanso, estuvieron monitoreando la evolución del procedimiento. Y junto al equipo de enfermeras y auxiliares, siempre tan deferentes, salí adelante, pero siempre con una actitud absolutamente positiva, sin perder el humor, a pesar de haber bajado varios kilos y disminuido energías.
Yo derroté la leucemia y para volver a ser un volcán en erupción en esta profesión que me fascina, el periodismo, y esperando con ansias regresar a las aulas de clases para enseñar un poco más el oficio más hermoso del mundo.
Lo que ha salvado a Mario González, el extraordinario jugador de Millonarios, y lo que me salvó a mí, ha sido el optimismo, el apoyo de la familia y allegados, los amigos incondicionales, el rosario interminable de mensajes que inunda “el muro”, los 144 caracteres del Twitter. Sí es posible derrotar la enfermedad siempre y cuando la mente esté dispuesta a ofrecer resistencia a la misma.
